Número.1804 - 03 julio 2006

 

Alejandro Cárdenas
Entre doncella y cortesana
La belleza también cambia con las épocas. La Maja desnuda de Goya hoy no tendría mucha oportunidad en una agencia de modelos. Brigitte Bardot o Elizabeth Taylor, dos divas cinematográficas de la década de los sesenta, serían obligadas a seguir una dieta rigurosa para ajustarse a los enfermizos cánones de esbeltez que establece el actual negocio de la moda. Es difícil encontrar un consenso de belleza que trascienda la geografía, la cultura y el tiempo. Me atrevo a proponer una expresión de belleza que resista el paso de los siglos y la distancia entre los continentes. Este prototipo de belleza ocurre sobre una cancha de césped, en el instante donde la esfera de cuero toca la red. El gol es un gatillo de la euforia colectiva que en su expresión más elevada alcanza lo sublime. Un “gol de museo” es una obra de arte en movimiento que se atesora en la memoria y el video. La belleza del gol y quien lo crea mueve fronteras. En 1994, Diego Armando Maradona es expulsado del Mundial de EEUU por supuesto consumo de sustancias prohibidas. Una multitud de aficionados se congregó en una plaza pública para protestar contra la decisión de la FIFA. ¿Dónde ocurrió la manifestación? ¿En Buenos Aires? No, en Dhaka, capital de Bangladesh. Aficionados que viven en las antípodas de Argentina salieron a la calle para protestar porque el castigo al crack albiceleste los privaría de la belleza de sus goles. La belleza del balón se vuelve tan redonda como nuestro mismo planeta. Un niño en Tripoli se emociona igual que otro en Sevilla con los pases de Ronaldinho. Pocas cosas en el mundo son realmente tan globales como el primor del fútbol. Como si fuésemos amantes de noventa minutos, de pronto todos somos especialistas del balón y sus rededores. Todos sabemos las causas de la lesión de Asier del Horno y todos sabemos “las razones históricas” por las cuales España deberá estar en la final. Todos sentenciamos, vaticinamos y discutimos sin haber pisado el pasto en tres años. Sin embargo, como todo en la vida, lo último que queremos ver dentro de algo bello es su lado grotesco. Como si fuera una inocente doncella, la pelota se deja explotar por padrotes y regenteadores, volviéndose una vieja zorra. El ejemplo lo vemos en ese gran tugurio que se vuelve el Mundial: las grandes marcas de ropa deportiva son generosas con los jugadores y equipos que participan en Alemania, pero no con sus empleados. Los trabajadores asiáticos que fabrican las zapatillas de fútbol y otros accesorios deportivos cobran 47 centavos de euro por hora laborada, es decir, 3.76 euros por un día de trabajo, señala Oxfam. En cambio, Nike paga 16 millones de dólares al año a la selección nacional de fútbol de Brasil y Adidas paga 1.8 millones de dólares al año al jugador francés Zinedine Zidane. Además, esas empresas impiden la formación de sindicatos, lo cual implica una violación laboral, y contrasta con la libertad de asociación que tienen los jugadores de fútbol patrocinados por las grandes marcas deportivas. La FIFA y marcas deportivas actúan como despiadados pedófilos frente a la inocente belleza del gol. En un mundo donde el balón no es tan redondo como quisiésemos, la justicia se vuelve insoslayable. Los aficionados al fútbol deberíamos propugnar que el gol alcance para todos. Fair play.

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