 |
La
belleza también cambia con las épocas. La Maja desnuda de Goya
hoy no tendría mucha oportunidad en una agencia de modelos.
Brigitte Bardot o Elizabeth Taylor, dos divas cinematográficas
de la década de los sesenta, serían obligadas a seguir una dieta
rigurosa para ajustarse a los enfermizos cánones de esbeltez
que establece el actual negocio de la moda. Es difícil encontrar
un consenso de belleza que trascienda la geografía, la cultura
y el tiempo. Me atrevo a proponer una expresión de belleza que
resista el paso de los siglos y la distancia entre los continentes.
Este prototipo de belleza ocurre sobre una cancha de césped,
en el instante donde la esfera de cuero toca la red. El gol
es un gatillo de la euforia colectiva que en su expresión más
elevada alcanza lo sublime. Un “gol de museo” es una obra de
arte en movimiento que se atesora en la memoria y el video.
La belleza del gol y quien lo crea mueve fronteras. En 1994,
Diego Armando Maradona es expulsado del Mundial de EEUU por
supuesto consumo de sustancias prohibidas. Una multitud de aficionados
se congregó en una plaza pública para protestar contra la decisión
de la FIFA. ¿Dónde ocurrió la manifestación? ¿En Buenos Aires?
No, en Dhaka, capital de Bangladesh. Aficionados que viven en
las antípodas de Argentina salieron a la calle para protestar
porque el castigo al crack albiceleste los privaría de la belleza
de sus goles. La belleza del balón se vuelve tan redonda como
nuestro mismo planeta. Un niño en Tripoli se emociona igual
que otro en Sevilla con los pases de Ronaldinho. Pocas cosas
en el mundo son realmente tan globales como el primor del fútbol.
Como si fuésemos amantes de noventa minutos, de pronto todos
somos especialistas del balón y sus rededores. Todos sabemos
las causas de la lesión de Asier del Horno y todos sabemos “las
razones históricas” por las cuales España deberá estar en la
final. Todos sentenciamos, vaticinamos y discutimos sin haber
pisado el pasto en tres años. Sin embargo, como todo en la vida,
lo último que queremos ver dentro de algo bello es su lado grotesco.
Como si fuera una inocente doncella, la pelota se deja explotar
por padrotes y regenteadores, volviéndose una vieja zorra. El
ejemplo lo vemos en ese gran tugurio que se vuelve el Mundial:
las grandes marcas de ropa deportiva son generosas con los jugadores
y equipos que participan en Alemania, pero no con sus empleados.
Los trabajadores asiáticos que fabrican las zapatillas de fútbol
y otros accesorios deportivos cobran 47 centavos de euro por
hora laborada, es decir, 3.76 euros por un día de trabajo, señala
Oxfam. En cambio, Nike paga 16 millones de dólares al año a
la selección nacional de fútbol de Brasil y Adidas paga 1.8
millones de dólares al año al jugador francés Zinedine Zidane.
Además, esas empresas impiden la formación de sindicatos, lo
cual implica una violación laboral, y contrasta con la libertad
de asociación que tienen los jugadores de fútbol patrocinados
por las grandes marcas deportivas. La FIFA y marcas deportivas
actúan como despiadados pedófilos frente a la inocente belleza
del gol. En un mundo donde el balón no es tan redondo como quisiésemos,
la justicia se vuelve insoslayable. Los aficionados al fútbol
deberíamos propugnar que el gol alcance para todos. Fair play.
alejandro.cardenas@kolumbus.fi
|