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Un
reciente viaje por Jordania corrobora algunas sospechas y niega
algunas mentiras que se venden como dogmas. La historia reciente
creó estados artificiales en Oriente Medio con fronteras trazadas
por tiralíneas. En África sucedió algo parecido cuando las metrópolis
se desprendían de sus colonias en procesos de independencia
que ahora se antojan relativos. La creación de Israel en tierras
palestinas, trifulcas libanesas, expansionismo sirio, históricas
querellas greco-turcas y permanentes conflictos en la Península
Arábiga por culpa de yacimientos petrolíferos reparten crónicas
de tal parte del mundo a la primera plana. La interminable cuestión
iraquí y el enquistado problema palestino-israelí tendrán consecuencias
terribles. Más aún si añadimos los fuegos que arden en Irán
o Siria últimamente. El panorama no pinta tan mal en un pequeño
oasis donde aún la mayoría musulmana convive pacíficamente con
cristianos de diferentes credos y donde reconoce al Estado israelí
otro que puebla una mayoría palestina. Nos referimos a Jordania,
ese oasis de paz que sufrió la guerra. Pero que también mira
al futuro conservando orgullosa un pasado que repartió por su
mayoritaria superficie desértica culturas y civilizaciones.
En casi 100.000 kilómetros cuadrados, Jordania acota un país
de ciudadanos donde la mujer tiene papel social y emerge, hay
Parlamento con representación multipartidista, se respetan derechos.
No hace falta petróleo. Lo pueblan gentes apacibles que heredaron
de los beduinos la hospitalidad. En un contexto geográfico donde
tales realidades son noticia, la monarquía hachemita oye a sus
súbditos. Quiere avanzar sin corsés medievales, y sin dejar
sentir a sus jeques tribales en el Palacio de Ragadhán. Las
costumbres contemporaneas de Jordania comenzaron con su nacimiento,
bajo la batuta de Abdalá I. El mejor activo hachemita sigue
siendo el inolvidable rey Hussein. Su estatura política y la
baraka que le libró de varios atentados fueron proverbiales.
Su primogénito, Abdalá II, tuvo el listón alto cuando accedió
a un trono que parecía destinado a su tío. El aval de la reina
Rania, con belleza y sabiduría palestina, allanan el camino.
Pero las alarmas en Jordania son permanentes. Sus vecinos están
en guerra. Marcar neutralidad es difícil en tales circunstancias.
La táctica de escuchar y dialogar con todos los implicados del
conflicto fue el mejor testamento de Hussein. Esa es la cultura
de la paz. Jordania también es un lugar donde relejarse del
estrés. Conocer tierras atravesadas por leyendas, la Historia
con mayúscula, seguir los pasos de Cristo, Alejandro Magno,
Ali-Bey Lawrence de Arabia, o el mismísimo Indiana Jones. La
aventura de viaje se hace realidad en Jordania, que cuenta con
variados atractivos. Jordania, ese oasis entre conflictos, tiene
más pluses no menos importantes. Unos excelentes vinos, una
gastronomía donde se conjugan Oriente y Occidente, lo musulmán
y lo cristiano, las ensaladas y cremas, la fruta y los vegetales,
el café con el té, el pollo, el cordero y la ternera con el
yogur o unos excelentes postres que nos transportan a un maravilloso
mundo de olores y sabores. Jordania hace que el visitante se
emocione y experimente las Mil y Una sensaciones. No me importará
volver.
andaluciaviva@activanet.es
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