Número.1798 - 22 mayo 2006

 

Juan Carlos Arias
El oasis jordano
Un reciente viaje por Jordania corrobora algunas sospechas y niega algunas mentiras que se venden como dogmas. La historia reciente creó estados artificiales en Oriente Medio con fronteras trazadas por tiralíneas. En África sucedió algo parecido cuando las metrópolis se desprendían de sus colonias en procesos de independencia que ahora se antojan relativos. La creación de Israel en tierras palestinas, trifulcas libanesas, expansionismo sirio, históricas querellas greco-turcas y permanentes conflictos en la Península Arábiga por culpa de yacimientos petrolíferos reparten crónicas de tal parte del mundo a la primera plana. La interminable cuestión iraquí y el enquistado problema palestino-israelí tendrán consecuencias terribles. Más aún si añadimos los fuegos que arden en Irán o Siria últimamente. El panorama no pinta tan mal en un pequeño oasis donde aún la mayoría musulmana convive pacíficamente con cristianos de diferentes credos y donde reconoce al Estado israelí otro que puebla una mayoría palestina. Nos referimos a Jordania, ese oasis de paz que sufrió la guerra. Pero que también mira al futuro conservando orgullosa un pasado que repartió por su mayoritaria superficie desértica culturas y civilizaciones. En casi 100.000 kilómetros cuadrados, Jordania acota un país de ciudadanos donde la mujer tiene papel social y emerge, hay Parlamento con representación multipartidista, se respetan derechos. No hace falta petróleo. Lo pueblan gentes apacibles que heredaron de los beduinos la hospitalidad. En un contexto geográfico donde tales realidades son noticia, la monarquía hachemita oye a sus súbditos. Quiere avanzar sin corsés medievales, y sin dejar sentir a sus jeques tribales en el Palacio de Ragadhán. Las costumbres contemporaneas de Jordania comenzaron con su nacimiento, bajo la batuta de Abdalá I. El mejor activo hachemita sigue siendo el inolvidable rey Hussein. Su estatura política y la baraka que le libró de varios atentados fueron proverbiales. Su primogénito, Abdalá II, tuvo el listón alto cuando accedió a un trono que parecía destinado a su tío. El aval de la reina Rania, con belleza y sabiduría palestina, allanan el camino. Pero las alarmas en Jordania son permanentes. Sus vecinos están en guerra. Marcar neutralidad es difícil en tales circunstancias. La táctica de escuchar y dialogar con todos los implicados del conflicto fue el mejor testamento de Hussein. Esa es la cultura de la paz. Jordania también es un lugar donde relejarse del estrés. Conocer tierras atravesadas por leyendas, la Historia con mayúscula, seguir los pasos de Cristo, Alejandro Magno, Ali-Bey Lawrence de Arabia, o el mismísimo Indiana Jones. La aventura de viaje se hace realidad en Jordania, que cuenta con variados atractivos. Jordania, ese oasis entre conflictos, tiene más pluses no menos importantes. Unos excelentes vinos, una gastronomía donde se conjugan Oriente y Occidente, lo musulmán y lo cristiano, las ensaladas y cremas, la fruta y los vegetales, el café con el té, el pollo, el cordero y la ternera con el yogur o unos excelentes postres que nos transportan a un maravilloso mundo de olores y sabores. Jordania hace que el visitante se emocione y experimente las Mil y Una sensaciones. No me importará volver.

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