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Es
duro, pero tendrán que acostumbrarse. Debe resultar
más que difícil bajarse del coche oficial y
perder las prebendas del cargo, a las que se había
acostumbrado el cuerpo y la vanidad. Ya no hay para ellas
y ellos sala vip en los aeropuertos ni taconazos de los subordinados
al estrecharle la mano displicentemente. Pero lo más
duro es el gallinero. Desaparecida la autoritas del líder
carismático que los llevó al poder, sometidos
todos con la mano firme de un caudillo, ha empezado el navajeo
político que tiene sus máximos exponentes en
el relevo de Zaplana, como presidente del PP valenciano, y
en la bronca que se traen por cuenta del Metro, en la Comunidad
de Madrid, la presidenta Esperanza Aguirre y el alcalde Ruiz-Gallardón.
Deberían ser más pacientes y pensar que el tiempo
lo cura todo porque ¿quién le iba a decir a
los socialistas que en sólo ocho añitos de nada
iban a regresar al poder? Cuando las primarias de Almunia
y Borrel, nadie daba un céntimo por ellos y ahí
están estos sociatas otra vez, en la presidencia del
Gobierno, sentados en el Consejo de Ministros y mandando,
como si tal cosa, a una velocidad de vértigo.
En el PP tendrán que empezar a poner orden el dúo
Rajoy-Acebes, pero lo tienen crudo porque les queda todavía
el rubicón electoral de las europeas (en las que pintan
bastos como hace suponer la encuesta del ABC, que no es un
medio sospechoso como la Cadena SER o el Grupo Prisa) y luego
plantarle cara al congreso de la sucesión. Y, como
no son tontos, saben lo que se les viene encima. A la vista
de la que hay liada en Valencia o en Madrid (dos comunidades
en las que habían gobernado hasta la fecha en paz y
armonía, con su mayoría absoluta y todo) lo
del congreso puede ser un jardín, de esos románticos
con su laberinto y todo, del que deberían salir con
bien, en beneficio de todos para que la oposición sea
oposición y no una olla de grillos, como la que ellos
reprochaban a los díscolos socialistas, desnortados
como estaban con un frágil liderazgo cuestionado por
los barones.
El problema es que la sombra del dedo de José María
Aznar no es tan alargada como la de los cipreses de Gironella
y que la autoridad no se hereda por designación. Y
para colmo, el ex jefe, que no sabe qué va a hacer
ahora con la FAES, en la que ya se han producido deserciones
y ceses, se dedica a complicarles la vida y a ponerlos también
en aprietos. Véase si no la premura con la que los
“cachorros” tuvieron que salir al paso de la vergonzante
conversación publicitada que mantuvo con el amigo Bush,
en la que afeaba la conducta de su sucesor Zapatero retirando
las tropas españolas del Irak “pacificado”
por los aguerridos marines americanos.
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