El
presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez
Zapatero, ha cumplido escrupulosamente su palabra, elevada
a promesa electoral, al ordenar la retirada inmediata de las
tropas españolas desplazadas a Irak al conocer, a través
de su ministro de Exteriores, que ni Estados Unidos ni Reino
Unido —ya no se puede hacer mención del trío
de las Azores— no estaban dispuestos a que Naciones
Unidas tomará el control de la situación. Se
trata pues de una decisión soberana de un Gobierno
democrático que es ajena al efecto dominó que
pueda producir en otros países —coaligados en
muchos casos a la fuerza de los dos principales ocupantes—
que ya han anunciado la retirada o que la anunciará
en breve y que, al igual que España, están hartos
de tantas mentiras sobre una guerra ilegal cuyo proceso de
vietnamización puede conducir a un escenario dantesco,
a una catástrofe humanitaria sin precedentes y, lo
que es aún peor, a una radicalización del terrorismo
global islamista que amenaza al mundo occidental con un choque
de civilizaciones y culturas.
Se podrá estar de acuerdo o no con las formas en las
que se ha producido tan esperado anuncio, con la interrupción
de las programaciones televisivas un domingo por la tarde,
aunque Zapatero se cuidó de solicitar la comparecencia
urgente en el Congreso de los Diputados para explicar en sede
parlamentaria una decisión tan trascendental. Resulta
loable en ese sentido la capacidad de rectificación
del nuevo Gobierno al entender que había errado al
negarse a que la Cámara votara finalmente, tras el
debate, una propuesta de resolución. No habría
resultado creíble mantenerla y no enmendarla, sobre
todo porque el talante dialogante y humilde de Zapatero se
habría puesto a la altura del anterior Gobierno, cuya
prepotencia y cuyas mentiras movilizaron a un electorado que
ni antes ni ahora se va a dejar manipular. Flaco favor le
hace a su partido el ex presidente del Gobierno —en
una situación en la que el PP digiere aún con
dificultad la derrota electoral— cuando se apresura
a coger el teléfono y llamar a su amigo George Bush
para lamentar las posiciones de su Gobierno. Los nuevos dirigentes
del PP, al igual que le ocurrió al PSOE cuando Felipe
González fue desalojado de La Moncloa, tienen el enemigo
dentro, por lo que deberán trabajar con ahínco
para recuperar una credibilidad pisoteada por la prepotencia
y la demagogia, por el desprecio a la verdad. Que nuestros
soldados vuelvan a casa de un infierno en el que nos habían
metido en contra de nuestra voluntad es, sin duda, una buena
noticia para todos. Que Bush se sienta decepcionado al comprobar
que su amigo español ya no es servil y cómplice
de la masacre entre también dentro de la lógica.
Todo ello no quiere decir que España haya perdido peso
e influencia internacional. Ni mucho menos. El ministro Moratinos,
que ya demostró su capacidad de mediador en Oriente
Medio, tiene todavía mucho que hacer por la paz en
el mundo. De lo que pase en Irak y de lo que pueda pasar a
partir de ahora ya no somos responsables. |