N 1599   29 julio 2002

  EMPRESAS Y EMPRESARIOS
ALBERTO VALVERDE
Intento de marco eléctrico
El Gobierno, más bien al departamento que dirige Rodrigo Rato, le han entrado súbitamente las prisas con la regulación eléctrica. Después de dar sucesivas y permanentes largas al sector en sus demandas para negociar un “marco estable” que elimine lo que se conoce en el mercado como la incertidumbre regulatoria, la semana pasada el secretario de Economía, Energía y Pymes, José Folgado, convocó a la plana mayor de las empresas eléctricas y de Unesa para dar “un empujón al intercambio de papeles” que, desde hace meses, se ha producido entre ambas partes sobre cómo arreglar una situación que nadie duda en calificar de “complicada” para el futuro del sector eléctrico.

A decir verdad, Folgado no hacía más que seguir instrucciones de su ministro, Rodrigo Rato, que días antes había prometido atender las demandas del sector para negociar un nuevo marco regulatorio, después de tener una charla aparte con Manuel Pizarro e Iñigo Oriol, recién estrenados como presidentes de Endesa y Unesa, respectivamente, en el curso de la inauguración de la primera de las plantas de ciclo combinado que pone en marcha la empresa eléctrica líder del país. En primera persona, y con la habilidad que caracteriza a Pizarro y la media contudencia de Oriol, Rato recibía un informe preocupante sobre la evolución económico-financiera, durante los últimos meses, del sector eléctrico, así como las dudas que han surgido en el último año sobre la necesidad de un nuevo ciclo inversor.

Algunas empresas, vino a decir Pizarro a su amigo y compañero político en la sombra del PP, están atemorizadas ante la eventualidad de tener que presentar unos resultados semestrales más que desalentadores antes de que termine el presente mes de julio. “Tal como está el mercado no sabemos cómo pueden responder los analistas a unas cifras que muestran un fuerte deterioro del tradicional equilibrio financiero del sector. Ya no valen los gestos; hay que ir directamente al grano...”, comentaban a Rato los dos presidentes.

Ni Pizarro ni Iñigo exageraban en sus comentarios privados al vicepresidente segundo del Gobierno. Estudios pormenorizados en poder de las empresas y de Unesa revelan que las empresas han dejado de ingresar por lo menos 60.000 millones de pesetas en el primer trimestre de este año como consecuencia de la parquedaz gubernamental a la hora de aprobar las tarifas para 2002. Ese “déficit tarifario”, como le conocen en el sector, se sumaba a una reducción acumuladade casi el 27 por ciento, en términos reales (casi el 40 por ciento en términos nominales) de las tarifas desde que el Gobierno del Partido Popular llegó al poder en 1996. De seguir así, el sector no sólo verá incrementada su deuda (pese a más de 100.000 milllones de ahorro en los últimos años como consecuencia de la reducción de los tipos de interés), sino que, además, no podrá afrontar la necesaria ampliación del parque eléctrico, a punto de quedarse pequeño para atender las necesidades de una demanda que ha crecido en el último quinquenio a unas tasas nunca conocidas en el pasado.

En el momento de escribir estas líneas, los técnicos ministeriales y los de las empresas seguían enzarzados en disquisiciones más que distantes sobre la mejor manera de afrontar una situación que el sector ha resumido, en documentos internos, en cuatro puntos:
1) Identificación de los actuales problemas y su diagnóstico: incertidumbre regulatoria, energías renovables y caída del precio de la electricidad.

2) Planificación energética: qué sector eléctrico se pretende y quiere y cómo será en el horizonte del 2010. Análisis de las necesidades de oferta que plantea el crecimiento de la demanda y cuantificación y origen de la financiación del necesario esfuerzo inversor.

3) Medidas de política energética. Necesidad de un marco regulatorio estable y previsible, con tarifas integrales, tarifas de acceso, desarrollo reglamentario del transporte y distribución, definición de la nueva regulación de los sectores del gas y del carbón.

4) Diversificación y energía nuclear. Como pilar de la nueva política energética, instrumentación de las nuevas energías como diversificación energética.

Ni que decir tiene que, pese a que a la hora de escribir estas líneas no se había producido más que una declaración de principios de Pepe Folgado, relativa a la necesidad de ajustar la política tarifaria de los últimos años, el punto más delicado en el inicio de las conversaciones pasaba por la cuantificación del aumento de tarifas previsto para el año 2003. Coincidiendo este año con el inicio de la total libertad (teórica, eso sí) de competencia (es decir, hasta los clientes domésticos y comerciales podrán elegir sobre el papel el suministrador que deseen), Folgado ya limitaba el aumento previsto para el próximo ejercicio y siguientes a una cantidad inferior “entre un punto o menos” al incremento del Indice de Precios al Consumo (IPC).

La limitación de los aumentos, sin tener en cuenta la evolución de la economía ni los datos objetivos del sector, dejaba sumidas a las empresas en un mar de dudas. Aunque la promesa de aumento es “mejor que la situación actual”, cuando se han acumulado sistemáticamente descensos en términos incluso nominales de las tarifas, altos representantes empresariales expresaban su pesimismo sobre un rápido acuerdo que permita r solventar, de un plumazo, todas sus consideraciones. Por ejemplo, la tarifa prevista, con una limitación del precio de la energía generada a seis pesetas por kw. en la subasta diaria, continuaba sin garantizar la recuperación de los denominados Costes de Transición a la Competencia (los famosos CTCs, equivalentes a más de un billón de pesetas en estos momentos), una partida decisiva para equilibrar el balance de las empresas y acelerar la amortización de instalaciones que, con las nuevas tecnologías, se van quedando obsoletas.

En el frente de la diversificación de la oferta y ante la posibilidad de que se produzcan casos continuos de desabastecimiento energético, como ocurrió en Cataluña y Levante durante el verano pasado, las empresas insisten en separar dos aspectos del problema aparentemente independientes. De un lado, la capacidad del parque actual para garantizar la potencia exigida y, de otra parte, los problemas de saturación que presenta, en determinados momentos de aumento de demanda, la red actual de transporte.

En el primer punto, las empresas consideran que, a corto plazo, pueden producirse fenómenos aislados de desabastecimiento (por ejemplo, en la hipótesis de un verano caluroso que tire de la demanda de aire acondicionado), pero señalan que la potencia instalada es suficiente, especialmente después de la entrada en funcionamiento en los próximos meses de cuatro instalaciones de ciclo combinado, de las que dos ya están operando. En total son más de 1.600 megavatios, equivalentes a casi dos grupos nucleares, que se servirían por si solos para prever cualquier corte imprevisto (salvo una catástrofe que desenganchase varios grupos nucleares a la vez). Continúa siendo problemático el interrogante de la saturación de una red que apenas ha recibido inversiones en los últimos años, en parte por el lío regulatorio.


Qué ocurre en Caja Madrid



Pongan el oído, y si tercia el ojo también, a lo que parece que ocurre en Caja Madrid, esa entidad cuyas oficinas siguen atiborradas de gente, a pesar de que el servicio sigue dejando mucho que desear. Algo tendrán, digo yo...

Pues resulta que el consejo de la entidad madrileña de ahorro, sin propietario identificado, aunque en manos de los políticos de turno, anda dividido sobre si seguir el ejemplo de Francisco González, el del atribulado BBVA, y poner en marcha su propio código de gobierno. Parece ser que la posibilidad de aprobar un manual de ética para sus altos directivos no gusta. Y no gusta ni al presidente de la entidad, Miguel Blesa, amigo personal de José María Aznar, ni a otro amigo de Blesa, un tal Matías Amat Roca, quien actúa ahora de secretario general, pese a que la única especialidad que se le conoce, aparte de sus vinculaciones familares e ideológicas, que son importantes, es la de tropezar sistemáticamente con todos sus subordinados, tanto ahora como en los puestos que previamente ha desempañado (Warburg, Citibank, Inverban; menos en Harvard, donde no se le conoce, al menos mis amigos).

En Caja Madrid, una entidad muy fluida y dispersa y con más filtraciones que el Guadiana, se preguntan no sin razón (de hecho, algunos han llegado a pedir consulta a unas brujas amigas mías) qué es lo que puede esconder esta tonta polémica y esta insistencia del tal Matías en no abordar el código de conducta.

Al parecer, las meigas esas que digo han dado una respuesta absurda: resulta que en el entorno de la entidad ha aparecido una sociedad, con importantes socios, que con apenas 20 millones de capital ha conseguido un crédito de 15.000 millones de pesetas (de las de antes) para invertir en unos terrenos. La sociedad, nada más conseguir el dinero, cambió de manos por un precio de 200 millones; es decir el milagro de la multiplicación de los panes y peces. Pues eso, qué vaya lío en ciernes que se les viene encima...

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FRANCISCO CAPARRÓS: Perejil, Sahara, Ceuta y Melilla
MANUEL DOMÍNGUEZ:
La del alba sería...--
ANTONIO GÓMEZ RUFO:
La generación del cambio (IV)
ALBERTO VALVERDE:
Intento de marco eléctrico
FERNANDO REILEIN:
¿Y ahora qué?
EDITORIAL:
Zapatero pasa la reválida


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