N 1599   29 julio 2002

  EL ALFÉIZAR
ANTONIO GÓMEZ RUFO
La generación del cambio (IV)
Es posible que La generación del cambio sea la primera generación literaria de la historia que necesitó de los medios de comunicación escritos y audiovisuales para sobrevivir. También es posible lo contrario, esto es, que no haya existido esta generación, que ahora definimos como “del Cambio”, precisamente por culpa de los medios de comunicación, que sirvieron para desvertebrar cualquier intento grupal. Los intereses económicos escondidos detrás de ellos hubiesen sido causa bastante para impedir la consolidación de una generación literaria con editoriales y escritores sobre los que no ejercían autoridad y, por tanto, de los que no percibían beneficios.

Suplementos literarios, páginas de cultura de periódicos y revisas, libros en la televisión, periodistas y críticos... A pesar de todo y de la ausencia de criterios uniformes estéticos y estilísticos, todos ellos dieron cobertura durante un cuarto de siglo a una generación literaria que, más que en ningún otro momento de la historia, necesitó a los medios de comunicación para difundir su creación. Porque el siglo XX y el XXI no se pueden entender sin el poder de la imagen, sin la presencia de la prensa, la radio y, esencialmente, de la televisión, para dar fe de la existencia de cualquier hecho: del literario también. Fruto de esta batalla por la hegemonía, en la que todo vale para conseguir un pico de audiencia mejor, la literatura se reveló como inservible. Los libros nunca han “vendido”. Por ello no había, ni hay, programas literarios en horas de máxima audiencia, ni tampoco voluntad pedagógica en los medios. El lema parece decir que de la cultura han de encargarse las ONG.

Pero, como contrapartida, y siguiendo un modelo puesto a prueba en EE UU, algunas editoriales españolas comenzaron a publicar el libro-basura o libro-kleenex, de usar y tirar: “Libros de famosos, que no escribían los famosos, pero que firmaban los famosos”, para que los consumidores (no lectores) pudiesen llevar a casa un libro del personajillo que copaba sus horas de televisión, aunque no tuviese nada que decir. Perich, inolvidable, lo definió perfectamente en un dibujo: “¿Y usted por qué sale por la tele? Porque soy famoso. ¿Y por qué es famoso? Porque salgo por la tele”. Fue Temas de Hoy, bajo la dirección de Ymelda Navajo, la que puso de moda en España este tipo de libro coyuntural y oportunista que, con el tiempo, y a la vista de su rentabilidad comercial, condicionó una nueva manera de actuar en muchas otras editoriales, que abrieron colecciones de libros sin trascendencia ni calidad sólo para satisfacer a un mercado torpe, inculto y que no merecía ser respetado salvo en sus aspectos económicos, lo que ahora parece sagrado sin que nadie sepa por qué. Si la literatura y el mercado nunca se han llevado bien, y poner a aquélla de rodillas ante éste parece una barbaridad, en la actualidad bien pocos pueden tirar la primera piedra. Es el signo de los tiempos. Y también la causa de que la generación del cambio se haya visto obligada a salir en los medios de comunicación para sobrevivir, compitiendo con quienes nunca debieron formar parte de esa carrera.

Los suplementos literarios y las revistas literarias serias (Disidencias, Cuadernos del Sur, Focus, El Cultural, Babelia, ABC Cultural, Posdata, El Caballo Verde, Culturas, Leer, Delibros, Reseña, Quimera, Letra Internacional, Revista de Libros, El Viejo Topo, La Estafeta Literaria, El urogallo y otras) han intentado, por lo general, estar al margen de esa mezcolanza y dispersión, aunque no siempre pudiéndose librar de la presión del grupo empresarial al que pertenecían. Así, críticos que cruzaron airosos el puente desde la dictadura a la democracia, y otros más jóvenes surgidos en la transición, velaron por dar unidad a una literatura merecedora de ser catalogada. Rafael Conte fue uno de ellos. Santos Sanz Villanueva, Miguel García-Posada y Ricardo Senabre, otros. Y así hasta los más jóvenes, como Basanta, González, Goñi, Pilar Castro, Echeverría, De la Peña, Peinado, Acín, Antonio Jiménez, Castillo Gallego y tantos otros que dedicaron su esfuerzo a opinar sobre lo que escribían otros, aunque, como sucede siempre, su opinión y la de los lectores fuera divergente.

Los críticos literarios son importantes para la definición de cualquier movimiento literario. Aunque luego sean los primeros en ser olvidados. En el caso de La generación del cambio, también lo han sido. Pero el signo de los tiempos (otra vez) ha hecho más cuestionable que nunca su labor, a todas luces imprescindible.

www.gomezrufo.com

Volver al número actual


 
FRANCISCO CAPARRÓS: Perejil, Sahara, Ceuta y Melilla
MANUEL DOMÍNGUEZ:
La del alba sería...--
ANTONIO GÓMEZ RUFO:
La generación del cambio (IV)
ALBERTO VALVERDE:
Intento de marco eléctrico
FERNANDO REILEIN:
¿Y ahora qué?
EDITORIAL:
Zapatero pasa la reválida


Resolución mínima: 800x600 EDITORIAL 16
cambio16@cambio16.info