| EL
ALFÉIZAR |
| ANTONIO
GÓMEZ RUFO |
| La
generación del cambio (IV) |
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Es posible que La
generación del cambio sea la primera generación
literaria de la historia que necesitó de los medios de
comunicación escritos y audiovisuales para sobrevivir.
También es posible lo contrario, esto es, que no haya
existido esta generación, que ahora definimos como del
Cambio, precisamente por culpa de los medios de comunicación,
que sirvieron para desvertebrar cualquier intento grupal. Los
intereses económicos escondidos detrás de ellos
hubiesen sido causa bastante para impedir la consolidación
de una generación literaria con editoriales y escritores
sobre los que no ejercían autoridad y, por tanto, de
los que no percibían beneficios.
Suplementos literarios, páginas de cultura de periódicos
y revisas, libros en la televisión, periodistas y críticos...
A pesar de todo y de la ausencia de criterios uniformes estéticos
y estilísticos, todos ellos dieron cobertura durante
un cuarto de siglo a una generación literaria que, más
que en ningún otro momento de la historia, necesitó
a los medios de comunicación para difundir su creación.
Porque el siglo XX y el XXI no se pueden entender sin el poder
de la imagen, sin la presencia de la prensa, la radio y, esencialmente,
de la televisión, para dar fe de la existencia de cualquier
hecho: del literario también. Fruto de esta batalla por
la hegemonía, en la que todo vale para conseguir un pico
de audiencia mejor, la literatura se reveló como inservible.
Los libros nunca han vendido. Por ello no había,
ni hay, programas literarios en horas de máxima audiencia,
ni tampoco voluntad pedagógica en los medios. El lema
parece decir que de la cultura han de encargarse las ONG.
Pero, como contrapartida, y siguiendo un modelo puesto a prueba
en EE UU, algunas editoriales españolas comenzaron a
publicar el libro-basura o libro-kleenex, de usar y tirar: Libros
de famosos, que no escribían los famosos, pero que firmaban
los famosos, para que los consumidores (no lectores) pudiesen
llevar a casa un libro del personajillo que copaba sus horas
de televisión, aunque no tuviese nada que decir. Perich,
inolvidable, lo definió perfectamente en un dibujo: ¿Y
usted por qué sale por la tele? Porque soy famoso. ¿Y
por qué es famoso? Porque salgo por la tele. Fue
Temas de Hoy, bajo la dirección de Ymelda Navajo, la
que puso de moda en España este tipo de libro coyuntural
y oportunista que, con el tiempo, y a la vista de su rentabilidad
comercial, condicionó una nueva manera de actuar en muchas
otras editoriales, que abrieron colecciones de libros sin trascendencia
ni calidad sólo para satisfacer a un mercado torpe, inculto
y que no merecía ser respetado salvo en sus aspectos
económicos, lo que ahora parece sagrado sin que nadie
sepa por qué. Si la literatura y el mercado nunca se
han llevado bien, y poner a aquélla de rodillas ante
éste parece una barbaridad, en la actualidad bien pocos
pueden tirar la primera piedra. Es el signo de los tiempos.
Y también la causa de que la generación del cambio
se haya visto obligada a salir en los medios de comunicación
para sobrevivir, compitiendo con quienes nunca debieron formar
parte de esa carrera.
Los suplementos literarios y las revistas literarias serias
(Disidencias, Cuadernos del Sur, Focus, El Cultural, Babelia,
ABC Cultural, Posdata, El Caballo Verde, Culturas, Leer, Delibros,
Reseña, Quimera, Letra Internacional, Revista de Libros,
El Viejo Topo, La Estafeta Literaria, El urogallo y otras) han
intentado, por lo general, estar al margen de esa mezcolanza
y dispersión, aunque no siempre pudiéndose librar
de la presión del grupo empresarial al que pertenecían.
Así, críticos que cruzaron airosos el puente desde
la dictadura a la democracia, y otros más jóvenes
surgidos en la transición, velaron por dar unidad a una
literatura merecedora de ser catalogada. Rafael Conte fue uno
de ellos. Santos Sanz Villanueva, Miguel García-Posada
y Ricardo Senabre, otros. Y así hasta los más
jóvenes, como Basanta, González, Goñi,
Pilar Castro, Echeverría, De la Peña, Peinado,
Acín, Antonio Jiménez, Castillo Gallego y tantos
otros que dedicaron su esfuerzo a opinar sobre lo que escribían
otros, aunque, como sucede siempre, su opinión y la de
los lectores fuera divergente.
Los críticos literarios son importantes para la definición
de cualquier movimiento literario. Aunque luego sean los primeros
en ser olvidados. En el caso de La generación del cambio,
también lo han sido. Pero el signo de los tiempos (otra
vez) ha hecho más cuestionable que nunca su labor, a
todas luces imprescindible.
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