N 1599   29 julio 2002

  REFLEXIONES DESDE EL SOBERADO
MANUEL DOMÍNGUEZ
La del alba sería...
Ahora, por fin, hemos comprendido la causa de que desde el pasado mes de octubre España carezca de representación diplomática marroquí tras la fulminante retirada del embajador alauí, llamado inopinadamente a consultas de forma indefinida por el rey Mohamed VI, el sátrapa que gobierna dictatorialmente Marruecos, sustentado por el Ejército y respaldado por el amigo americano, a quien nunca ha dado la espalda, y por la grandeur francesa, cuya valiosa protección es el mayor garante del trato privilegiado que le dispensa la Unión Europea. Y nos hemos tenido que enterar de todo esto, de qué era exactamente lo que se cocía en las intrigas palaciegas de Rabat, tras el chusco episodio de la toma del islote Perejil, un peñasco perdido en el Mediterráneo, frente a las costas ceutíes, del que probablemente todos nosotros ignorábamos su existencia y su statu quo hasta que un puñado de gendarmes de paisano desembarcaron e izaron la bandera marroquí, símbolo inequívoco de soberanía, y se dispusieron a resistir allí el mayor tiempo posible, con la única compañía de un rebaño de cabras. Todos ellos, los gendarmes que llegaron en patera y los infantes de Marina que los sustituyeron, se han ganado seguramente una pensión vitalicia y la condición de héroes ante un pueblo hambriento y desesperado, cuyo único sueño es alcanzar el paraíso continental europeo aun a costa de perecer en el intento. La reacción española, rápida y eficaz, de una limpieza quirúrgica, con una operación militar brillante que, por lo demás, no implicaba ninguna complicación táctica, ha devuelto las cosas a su sitio, al lugar donde llevaban años adormecidas por el lento acontecer de la historia, pero no ha solucionado la crisis entre ambos países y, lo que es peor todavía, ha dejado la iniciativa diplomática internacional en manos de Marruecos. Se equivocan los que piensan que Mohamed VI es un rey insensato e inconsciente. La estrategia del monarca alauí, planteada a muy largo plazo, no ha hecho más que comenzar. El verdadero enfrentamiento empieza ahora y al final de este intrincado laberinto diplomático sólo pueden estar Ceuta y Melilla. Ésa es, sin duda, la gran jugada, la del jaque mate, el resto no son sino escaramuzas en un tablero demasiado gastado por años de recelos y desconfianza mutuas. Lamentablemente, España se ha visto abocada a conceder ventaja a su aparente enemigo.

No voy a profundizar en unos hechos que ya conocemos sobradamente, cuyos detalles se han difundido con profusión. Tampoco caeré en la tentación, irresistible en algunos casos, de ridiculizar algunas conductas más propias de la exaltación etílica patriótica que de la más alta representación institucional del Estado. Allá cada uno con su conciencia y con su vergüenza torera. Sólo diré que el presidente del Gobierno español, José María Aznar, ha hecho lo que tenía que hacer y lo ha hecho en consonancia con su talante y su forma de ejercer el poder, sin zozobras ni titubeos. El escarnio internacional de la insoportable presión marroquí exigía una respuesta sin dilaciones aunque, como ya he apuntado, a la larga beneficie al tirano. Que luego el ministro de Defensa haya empezado su relato en las Cortes con el quijotesco “La del alba sería” o que los aviones Phantoms que nos vendió Estados Unidos estuviesen fuera de servicio, averiados prematuramente, son sólo anécdotas con las que ilustrar una más que discutible hazaña bélica, igual que la pretendida declaración de guerra del Gobierno marroquí, en boca de todos pero que nadie suscribe. En toda esta barahúnda hispanomarroquí lo que sí he echado de menos es el testimonio del jefe del Estado español, el Rey Juan Carlos I, el gran hermano de Hassan II, que dispensa el mismo trato familiar a su hijo y heredero del trono tras su muerte, así como el parecer del ex presidente del Gobierno español Felipe González, que también tuvo su protagonismo en esta trama, un pequeño y tramposo papel —que sepamos por el momento—, y que tan amigo es del propio monarca alauí y de su jefe de Gobierno, el socialista Abderramán Yusufi. Hace cinco meses, el ex portavoz del Gobierno Pío Cabanillas, al que tras la huelga general del 20-J la oposición ha bautizado como el mentiroso mayor del Reino, dio crédito a una mentira: que González había viajado a Tánger para entrevistarse con Yusufi y que ambos habían acudido a Casablanca para ser recibidos por el rey. Unos hechos falsos de toda falsedad cuya publicidad sólo consiguió empeorar unas relaciones ya de por sí deterioradas y enrarecer el clima. Les faltó tiempo tanto a González como a Yusufi para poner en evidencia al mentiroso: el ex presidente del Gobierno había viajado a Marruecos, según su versión, para adquirir unos muebles. Bueno, cada uno es libre de comprar donde le venga en gana. Lo que sí se puso de manifiesto fueron los estrechos lazos que unen a González con el vecino del sur, su mediación ante inversores de la escuela de emprendedores de la globalización y su asesoramiento de lujo a un país que paga muy bien, aunque buena parte de sus ciudadanos no tengan ni donde caerse muertos de hambre. Poco después, el periódico español de mayor proyección internacional dedicó la portada y un amplio reportaje de su suplemento dominical a glosar la figura de Mohamed VI, del que se daba una imagen edulcorada hasta el punto de que el buzón del Defensor de los Lectores se llenó de quejas de ciudadanos indignados ante la hagiografía real. Tras esto, nuevamente González viaja a Marruecos, pero en esta ocasión lo pregona a los cuatro vientos: ¡ojo!, que el ex presidente va a Marruecos, que va a hablar con Yusufi, que nadie piense que se trata de otra cosa, que no se esconde, que da la cara. Ni el Rey Juan Carlos ni González han dicho esta boca es mía tras la provocación chabacana de Perejil.

Eso sí, de Zarzuela no fue nadie a los fastos de la boda real. Hasta ahí podíamos llegar. Tampoco fue Jacques Chirac, que presidió el desfile del 14 de julio en el que estuvieron a punto de reeditar una nueva versión de Chacal. Una buena excusa para guarecerse del chaparrón que se avecinaba. El único líder internacional presente fue Bill Clinton, por supuesto a gastos pagados. Una circunstancia con la que ya contaba Mohamed VI, que es consciente de que ejecuta un plan perfectamente calculado y dimensionado, urdido por alguien con capacidad de análisis internacional y perfectamente conocedor de la realidad política española, inspirado probablemente en aquella Marcha Verde que tan buenos resultados le dio a Hassan II y, lo que resulta más significativo, puesto en práctica dos semanas antes de que Naciones Unidas se pronuncie sobre el plan Baker para el Sahara Occidental. En efecto, el peñón de Perejil no vale absolutamente nada y hasta ayer mismo no era más que el almacén continental del hachís que se exporta a Europa, punto de encuentro de narcotraficantes y de los nuevos mercaderes de esclavos que controlan la inmigración ilegal. La excusa, una patraña: una supuesta operación contra el terrorismo y las mafias de las pateras. Los boinas verdes españoles pusieron el pie en esta tierra de nadie cuando una delegación internacional de periodistas se dirigía a visitar el islote, invitados por el Gobierno marroquí. Lo del statu quo no es más que un eufemismo para ocultar la ausencia de soberanía. En la misma situación geopolítica se encuentran el resto de las islas que salpican la costa, como las Chafarinas y todas las demás, restos de un colonialismo pretérito que ahora pasa factura. Ninguna de ellas vale el sueldo de un guardia civil. Otra cosa es Ceuta y Melilla, el objetivo oculto, el territorio deseado, que sí ostentan con todos los derechos y bendiciones internacionales la soberanía española. Aquí es donde le duele a Mohamed, además del Sahara. Éstas son las sensibilidades de la monarquía alauí, el rey censor que se atrevió a censurar Cambio16 cuando defendió sin complejos los derechos de la República Árabe Saharaui. A favor de las pretensiones marroquíes: la tibieza de Francia, que vetó una resolución de la Unión Europea en la que se proponían sanciones económicas; la connivencia de Estados Unidos, que anima a ambos contendientes a negociar sin imposiciones; la solidaridad del mundo árabe, expresada sin matices, y la comprensión de África, harta ya de tanto colonialismo opresor y de tanto emprendedor avispado. El Gobierno español ha comido ficha, pero sus piezas no inquietan al rey. La partida, insisto, será larga. Mientras tanto, España sufrirá los efectos perniciosos de la intervención militar, entre los que no resulta baladí la sangría económica que supone la vigilancia constante del Mediterráneo, además de la insufrible presión psicológica de quien se siente continuamente amenazado.

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FRANCISCO CAPARRÓS: Perejil, Sahara, Ceuta y Melilla
MANUEL DOMÍNGUEZ:
La del alba sería...--
ANTONIO GÓMEZ RUFO:
La generación del cambio (IV)
ALBERTO VALVERDE:
Intento de marco eléctrico
FERNANDO REILEIN:
¿Y ahora qué?
EDITORIAL:
Zapatero pasa la reválida


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