| REFLEXIONES
DESDE EL SOBERADO |
| MANUEL
DOMÍNGUEZ |
| La
del alba sería... |
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Ahora, por fin,
hemos comprendido la causa de que desde el pasado mes de octubre
España carezca de representación diplomática
marroquí tras la fulminante retirada del embajador alauí,
llamado inopinadamente a consultas de forma indefinida por el
rey Mohamed VI, el sátrapa que gobierna dictatorialmente
Marruecos, sustentado por el Ejército y respaldado por
el amigo americano, a quien nunca ha dado la espalda, y por
la grandeur francesa, cuya valiosa protección es el mayor
garante del trato privilegiado que le dispensa la Unión
Europea. Y nos hemos tenido que enterar de todo esto, de qué
era exactamente lo que se cocía en las intrigas palaciegas
de Rabat, tras el chusco episodio de la toma del islote Perejil,
un peñasco perdido en el Mediterráneo, frente
a las costas ceutíes, del que probablemente todos nosotros
ignorábamos su existencia y su statu quo hasta que un
puñado de gendarmes de paisano desembarcaron e izaron
la bandera marroquí, símbolo inequívoco
de soberanía, y se dispusieron a resistir allí
el mayor tiempo posible, con la única compañía
de un rebaño de cabras. Todos ellos, los gendarmes que
llegaron en patera y los infantes de Marina que los sustituyeron,
se han ganado seguramente una pensión vitalicia y la
condición de héroes ante un pueblo hambriento
y desesperado, cuyo único sueño es alcanzar el
paraíso continental europeo aun a costa de perecer en
el intento. La reacción española, rápida
y eficaz, de una limpieza quirúrgica, con una operación
militar brillante que, por lo demás, no implicaba ninguna
complicación táctica, ha devuelto las cosas a
su sitio, al lugar donde llevaban años adormecidas por
el lento acontecer de la historia, pero no ha solucionado la
crisis entre ambos países y, lo que es peor todavía,
ha dejado la iniciativa diplomática internacional en
manos de Marruecos. Se equivocan los que piensan que Mohamed
VI es un rey insensato e inconsciente. La estrategia del monarca
alauí, planteada a muy largo plazo, no ha hecho más
que comenzar. El verdadero enfrentamiento empieza ahora y al
final de este intrincado laberinto diplomático sólo
pueden estar Ceuta y Melilla. Ésa es, sin duda, la gran
jugada, la del jaque mate, el resto no son sino escaramuzas
en un tablero demasiado gastado por años de recelos y
desconfianza mutuas. Lamentablemente, España se ha visto
abocada a conceder ventaja a su aparente enemigo.
No voy a profundizar en unos hechos que ya conocemos sobradamente,
cuyos detalles se han difundido con profusión. Tampoco
caeré en la tentación, irresistible en algunos
casos, de ridiculizar algunas conductas más propias de
la exaltación etílica patriótica que de
la más alta representación institucional del Estado.
Allá cada uno con su conciencia y con su vergüenza
torera. Sólo diré que el presidente del Gobierno
español, José María Aznar, ha hecho lo
que tenía que hacer y lo ha hecho en consonancia con
su talante y su forma de ejercer el poder, sin zozobras ni titubeos.
El escarnio internacional de la insoportable presión
marroquí exigía una respuesta sin dilaciones aunque,
como ya he apuntado, a la larga beneficie al tirano. Que luego
el ministro de Defensa haya empezado su relato en las Cortes
con el quijotesco La del alba sería o que
los aviones Phantoms que nos vendió Estados Unidos estuviesen
fuera de servicio, averiados prematuramente, son sólo
anécdotas con las que ilustrar una más que discutible
hazaña bélica, igual que la pretendida declaración
de guerra del Gobierno marroquí, en boca de todos pero
que nadie suscribe. En toda esta barahúnda hispanomarroquí
lo que sí he echado de menos es el testimonio del jefe
del Estado español, el Rey Juan Carlos I, el gran hermano
de Hassan II, que dispensa el mismo trato familiar a su hijo
y heredero del trono tras su muerte, así como el parecer
del ex presidente del Gobierno español Felipe González,
que también tuvo su protagonismo en esta trama, un pequeño
y tramposo papel que sepamos por el momento, y que
tan amigo es del propio monarca alauí y de su jefe de
Gobierno, el socialista Abderramán Yusufi. Hace cinco
meses, el ex portavoz del Gobierno Pío Cabanillas, al
que tras la huelga general del 20-J la oposición ha bautizado
como el mentiroso mayor del Reino, dio crédito a una
mentira: que González había viajado a Tánger
para entrevistarse con Yusufi y que ambos habían acudido
a Casablanca para ser recibidos por el rey. Unos hechos falsos
de toda falsedad cuya publicidad sólo consiguió
empeorar unas relaciones ya de por sí deterioradas y
enrarecer el clima. Les faltó tiempo tanto a González
como a Yusufi para poner en evidencia al mentiroso: el ex presidente
del Gobierno había viajado a Marruecos, según
su versión, para adquirir unos muebles. Bueno, cada uno
es libre de comprar donde le venga en gana. Lo que sí
se puso de manifiesto fueron los estrechos lazos que unen a
González con el vecino del sur, su mediación ante
inversores de la escuela de emprendedores de la globalización
y su asesoramiento de lujo a un país que paga muy bien,
aunque buena parte de sus ciudadanos no tengan ni donde caerse
muertos de hambre. Poco después, el periódico
español de mayor proyección internacional dedicó
la portada y un amplio reportaje de su suplemento dominical
a glosar la figura de Mohamed VI, del que se daba una imagen
edulcorada hasta el punto de que el buzón del Defensor
de los Lectores se llenó de quejas de ciudadanos indignados
ante la hagiografía real. Tras esto, nuevamente González
viaja a Marruecos, pero en esta ocasión lo pregona a
los cuatro vientos: ¡ojo!, que el ex presidente va a Marruecos,
que va a hablar con Yusufi, que nadie piense que se trata de
otra cosa, que no se esconde, que da la cara. Ni el Rey Juan
Carlos ni González han dicho esta boca es mía
tras la provocación chabacana de Perejil.
Eso sí, de Zarzuela no fue nadie a los fastos de la boda
real. Hasta ahí podíamos llegar. Tampoco fue Jacques
Chirac, que presidió el desfile del 14 de julio en el
que estuvieron a punto de reeditar una nueva versión
de Chacal. Una buena excusa para guarecerse del chaparrón
que se avecinaba. El único líder internacional
presente fue Bill Clinton, por supuesto a gastos pagados. Una
circunstancia con la que ya contaba Mohamed VI, que es consciente
de que ejecuta un plan perfectamente calculado y dimensionado,
urdido por alguien con capacidad de análisis internacional
y perfectamente conocedor de la realidad política española,
inspirado probablemente en aquella Marcha Verde que tan buenos
resultados le dio a Hassan II y, lo que resulta más significativo,
puesto en práctica dos semanas antes de que Naciones
Unidas se pronuncie sobre el plan Baker para el Sahara Occidental.
En efecto, el peñón de Perejil no vale absolutamente
nada y hasta ayer mismo no era más que el almacén
continental del hachís que se exporta a Europa, punto
de encuentro de narcotraficantes y de los nuevos mercaderes
de esclavos que controlan la inmigración ilegal. La excusa,
una patraña: una supuesta operación contra el
terrorismo y las mafias de las pateras. Los boinas verdes españoles
pusieron el pie en esta tierra de nadie cuando una delegación
internacional de periodistas se dirigía a visitar el
islote, invitados por el Gobierno marroquí. Lo del statu
quo no es más que un eufemismo para ocultar la ausencia
de soberanía. En la misma situación geopolítica
se encuentran el resto de las islas que salpican la costa, como
las Chafarinas y todas las demás, restos de un colonialismo
pretérito que ahora pasa factura. Ninguna de ellas vale
el sueldo de un guardia civil. Otra cosa es Ceuta y Melilla,
el objetivo oculto, el territorio deseado, que sí ostentan
con todos los derechos y bendiciones internacionales la soberanía
española. Aquí es donde le duele a Mohamed, además
del Sahara. Éstas son las sensibilidades de la monarquía
alauí, el rey censor que se atrevió a censurar
Cambio16 cuando defendió sin complejos los derechos de
la República Árabe Saharaui. A favor de las pretensiones
marroquíes: la tibieza de Francia, que vetó una
resolución de la Unión Europea en la que se proponían
sanciones económicas; la connivencia de Estados Unidos,
que anima a ambos contendientes a negociar sin imposiciones;
la solidaridad del mundo árabe, expresada sin matices,
y la comprensión de África, harta ya de tanto
colonialismo opresor y de tanto emprendedor avispado. El Gobierno
español ha comido ficha, pero sus piezas no inquietan
al rey. La partida, insisto, será larga. Mientras tanto,
España sufrirá los efectos perniciosos de la intervención
militar, entre los que no resulta baladí la sangría
económica que supone la vigilancia constante del Mediterráneo,
además de la insufrible presión psicológica
de quien se siente continuamente amenazado. |
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